ENTRE LA MASA Y EL PUEBLO: OVEJAS SIN PASTOR.
Por José Raúl Ramírez V.
Uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es el fenómeno de las masas. ¿Qué es una masa? Es una multitud donde las personas no se conocen y se dejan llevar por sentimientos, intereses o por la influencia de un líder. En la masa, la persona se vuelve anónima e incluso pierde su criterio, porque termina siguiendo lo que otros dicen. El problema de las masas es que no permiten pensar por uno mismo; piensan por uno y limitan la capacidad de expresar lo que realmente se quiere. Allí surge la manipulación, y en la manipulación la persona se deja arrastrar por las emociones. Sin embargo, el ser humano es también inteligencia y no solo emoción. A la emoción hay que añadirle la razón, porque cuando la razón ilumina los sentimientos se hace posible la búsqueda de la verdad.
Este
es precisamente el tema que nos plantea la liturgia de la Palabra en este
domingo. La primera lectura está tomada del libro del Éxodo y narra cómo Dios
sacó al pueblo de Israel de Egipto. Sin embargo, cuando el pueblo salió de
Egipto seguía conservando la mentalidad de los esclavos. Ya no estaba en
Egipto, pero continuaba comportándose como si aún lo estuviera. Dicho de otra
manera, era una multitud de esclavos que no sabía hacia dónde caminar.
Por
eso Dios le pide al pueblo que escuche su voz, que le obedezca, y promete
constituirlo en un reino de sacerdotes y una nación santa. ¿Qué significa esto?
Que Dios lo saca de la masa para convertirlo en pueblo. Aquí encontramos una
diferencia teológica fundamental entre la masa y el pueblo.
¿Qué
es el pueblo? El pueblo conoce sus raíces. El problema de la masa es que
desconoce sus raíces y su historia; vive únicamente el presente, sin un
horizonte que le permita comprender quién es. El pueblo, en cambio, conoce su
historia y, por tanto, es capaz de interpretarla y de cambiar el rumbo de
muchas circunstancias.
La
segunda característica del pueblo es la comunidad. En una masa, las personas
permanecen juntas sin establecer verdaderos vínculos. En cambio, en el pueblo
se construyen relaciones. La comunidad no es una simple suma de individuos,
como una serie de sillas colocadas una al lado de la otra sin ninguna
interacción. Es un conjunto de personas que se relacionan entre sí y buscan un
bien común.
En
la masa rara vez se piensa en el bien común; con frecuencia se busca el
beneficio de una persona o de un líder. Por eso el texto del Éxodo afirma con
claridad: «Serán para mí un reino de sacerdotes». El concepto de sacerdote
expresa una misión: saber a quién se sirve, por qué se sirve y para qué se
sirve. Cuando existe claridad sobre la propia misión, se construye una nación
santa.
Desde
esta perspectiva es importante afirmar que la Iglesia no es una masa, es el Pueblo de Dios; es una comunidad. Uno de los grandes desafíos de
la sociedad actual son las masas, necesitamos que la Iglesia, siendo
comunidad cuestione las masas y emprenda un camino de personalización y
liberación.
Aquí
podemos unir esta reflexión con la segunda lectura. Allí se nos recuerda que
hemos sido rescatados por la sangre de Cristo. Aun siendo pecadores, Jesús
entregó su vida por nosotros. Esto revela el inmenso valor de la persona
humana. El ser humano no es un simple dato ni un algoritmo. Tiene tal dignidad
que el mismo Hijo de Dios se hizo hombre y murió por él.
Esta
es la razón por la que vivimos como comunidad y damos gracias. Hemos sido
salvados y rescatados por Jesús, quien murió en la cruz para hacernos pueblo.
Nos sacó de la masa del pecado y nos reunió como una comunidad de salvados.
Pasemos
ahora al Evangelio. El texto comienza diciendo que Jesús, al ver la
muchedumbre, se compadeció de ella porque estaba cansada y abatida, como ovejas
que no tienen pastor. Podríamos decir también: al ver la masa, se compadeció de
ella. Las masas pueden reunir a muchas personas, pero la pregunta es si tienen
un pastor.
El
pastor conoce a las personas. Busca ofrecerles el mejor alimento para que
crezcan en libertad, encuentren la salvación y desarrollen una mirada nueva
sobre la vida. El pastor cuida y cura a sus ovejas. El Evangelio señala que
Jesús envió a sus discípulos a aquella multitud para transformarla en pueblo.
Les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos, es decir, todo aquello que
impide a las personas ser verdaderamente libres. También los envió a curar toda
enfermedad y toda dolencia.
Con
frecuencia, al leer este texto, pensamos únicamente en enfermedades físicas.
Sin embargo, también podemos pensar en ideologías, manipulaciones y formas de
pensamiento que someten a las personas y les impiden alcanzar la libertad.
Jesús envía a sus discípulos para sanar esas heridas.
¿Y
a quiénes envía? Jesús conoce muy bien a quienes llama. El Evangelio menciona
los nombres de los doce apóstoles: Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano;
Santiago y Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo; Santiago, hijo de Alfeo, y
Tadeo. El hecho de que aparezcan sus nombres indica que no son personas
anónimas. Son hombres conocidos, formados y enviados por Jesús con confianza. Además,
el texto los presenta de dos en dos. Esto tiene una gran enseñanza. Una persona
sola puede desanimarse o desviarse del camino. En compañía de otro encuentra
apoyo, corrección y ánimo. La evangelización no es una tarea individualista; es
una misión comunitaria donde necesitamos de los demás.
A
estos doce los envió con una misión clara: ayudar a que las personas pasen de
la masa al pueblo, para que lleguen a ser un reino de sacerdotes y una nación
santa.
Como
Iglesia estamos llamados precisamente a eso: a ser pueblo y no masa. El
problema de las masas, además de afectar a la sociedad, puede aparecer también
dentro de nuestras comunidades cuando falta un verdadero sentido de
pertenencia. Por eso es importante fortalecer la vida comunitaria y el amor a
la Iglesia.
Somos
el Pueblo de Dios que peregrina. Somos una comunidad que se ayuda mutuamente,
que se reconoce y que no se deja alienar, porque la Palabra de Dios la conduce
a la libertad.
Algunos
pensadores ateos afirmaron que la Iglesia es un conjunto de personas que
conforman un rebaño que obedece sin pensar. Sin embargo, una lectura atenta del
Evangelio muestra todo lo contrario. La Iglesia no forma un rebaño amorfo ni
personas sin criterio. Forma hombres y mujeres capaces de pensar, discernir y
vivir en comunidad.
Sigamos
celebrando nuestra Eucaristía y meditemos en estas dos ideas: el peligro de las
masas, semejantes a ovejas sin pastor, y la llamada a vivir como pueblo y como
comunidad dentro de la Iglesia.
Amén.
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