¿Es posible perdonar?
Por José Raúl Ramírez V.
¿Es posible perdonar?
Por José Raúl Ramírez V.
Perdonar lo imperdonable
Por José Raúl Ramírez Valencia
Dios es Padre
El primer valor para hacer camino en nuestra vida es la experiencia de la paternidad. Jesús experimenta su agonía acudiendo al “Padre”, no es lo mismo decir, Dios que decir padre, en la misma expresión de Padre hay ternura y confianza, Dios Padre siempre ha estado con su hijo y el hijo siempre ha experimentado la bondad del Padre. Afirmaba el papa Juan Pablo II, “la gran soledad del hombre contemporáneo es no sentir que Dios Padre camina a su lado.” Jesús al experimentar la presencia de su Padre Dios hizo de su camino una experiencia de filiación y de donación.
La experiencia de la cruz: paradoja de las paradojas
Por José Raúl Ramírez Valencia.
Una paradoja es un dicho o un hecho que aparentemente envuelve contradicción. La cruz siempre ha sido una fuente de inspiración y de profunda contradicción. El Dios de las paradojas acontece en la más sublime paradoja: la cruz. La máxima expresión de ignominia se convierte en la máxima gloria, la inmensa oscuridad se presenta como la máxima luz y la tristeza en la cruz se convierte en la sublime victoria; según San Juan de la Cruz: “para llegar al todo hay que pasar por la nada”. El misterio de la cruz esclarece el misterio del ser humano.
LA
MUERTE: REALIDAD QUE ABRE LA GRAN REALIDAD
Por José Raúl Ramírez Valencia
Ezequiel 37, 12-14
San Pablo a los Romanos 8, 8-11
San Juan 11, 1-45
Las lecturas nos están hablando de vida, muerte y resurrección. La vida de la persona humana está dirigida hacia la resurrección. La muerte no es una escisión en el caminar de la persona, sino que, como dice el filósofo Julián Marías, hace parte del proyecto; es decir, la muerte no trunca el proyecto, le da sentido. Los invito a ver la realidad de vida, uerte, muerte y resurrección a través de estos seis puntos.
Dice San Agustín, "Jesús tenía sed de la fe de esa mujer." Nosotros tenemos sed de vida eterna. Si conocieras el don de Dios
Génesis 12, 1-4
Segunda Carta del apóstol
Pablo a Timoteo 1,8b-10
San Mateo 17, 1-9
Una manera de acercarnos a la liturgia de este domingo, al evangelio de la transfiguración, es a través de la belleza. Dice el evangelio: “Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Una belleza indescriptible. El cardenal Martini, en el año 2000, escribió una carta pastoral titulada: ¿cuál belleza salvará el mundo?, en ella reflexionó acerca del evangelio de la transfiguración citando a Dostoievski, en su novela El Idiota, en la que pone en labios del joven ateo Hippoli la pregunta al príncipe Myskin: “¿Es verdad, príncipe, que dijiste un día que al mundo lo salvará la belleza? Señores —gritó fuerte dirigiéndose a todos— el príncipe afirma que el mundo será salvado por la belleza”. Luego argumenta Martini: “el príncipe no responde a la pregunta, igual que un día el Nazareno, ante Pilato, no había respondido más que con su presencia a la pregunta “qué es la verdad”. Parece como si el silencio de Myskin —que con infinita compasión de amor se encuentra junto al joven que está muriendo de tisis a los dieciocho años— quisiera decir que la belleza que salvará al mundo es el amor que comparte el dolor. El mundo no salvará la belleza seductora, que aleja de la verdadera meta a la que tiende nuestro corazón inquieto: es más bien la belleza tan antigua y tan nueva, la belleza de Dios”. Si la belleza desde un plano filosófico es lo que agrada, lo que agrada desde el plano del evangelio es la belleza que asume y comparte el dolor de los otros. ¿Cómo alcanzar a ver y experimentar la belleza que dejó perplejos a Pedro, Juan y Santiago? Propongo cuatro momentos: salir, subir, estar y bajar.